Intérprete e investigador de la música en la generación del 27'
y el exilio republicano español

Adolfo Salazar (1890-1958) por Luis Cernuda

"[…] Salazar se sintió siempre atraído por la juventud, y nunca perdió la suya de espíritu, que subsistió siempre en él, a través de los años, como un hálito"




ADOLFO SALAZAR (1890-1958) por LUIS CERNUDA
Revista de la UNAM (México, octubre de 1958)


Puesto que el aspecto principal en la obra Adolfo Salazar, al cual está vinculado y parece ha de quedar vinculado su nombre, era el de crítico e historiador de la música, no soy yo persona calificada para hacer sobre él un comentario adecuado. Mas la simpatía que siempre sentí hacia su trabajo literario y la amistad que le tuve, acaso puedan excusar dicha inadecuación y que, a causa de ella, deba ahora pasar en silencio ante el aspecto principal de su labor.

Música y literatura atrajeron igualmente, desde un principio, a Salazar: contemporáneo con sus primicias como compositor (actividad que luego no continuaría), fue según creo aquel encantador “Kodak de Andalucía”, primer escrito suyo que conocí, publicado en Índice la esporádica revista madrileña editada a principios de la década del 20. Allí, hablando de Sevilla decía Salazar: “Sevilla no existe; Sevilla es una ilusión de la luz”. El don poético visual y expresivo de que aquel escrito daba muestra excelente, no parece que pudiera hallar terreno favorable en la labor periodística, a la que pronto se dedicaría y que sólo la enfermedad interrumpió hace unos dos años.

Al decir “periodista” no se entienda ahí la palabra en su sentido usual (para algunos, entre los que me encuentro, poco estimable), sino en el de trabajos donde un escritor que era un intelectual y un artista hablaba de libros, de personas, de ciudades que había leído, tratado o visitado, trabajos que por necesidad material, dadas las condiciones duras de nuestra vida literaria, publicaba con intervalos regulares y frecuentes en diarios de Madrid y luego de México. Recuerdo con gusto no pocos de dichos escritos y creo que el mejor tributo que a la memoria de su autor pudiera dedicarse sería recogerlos ahora, seleccionados, en un volumen.

Ahí, además del don poético a que antes aludí, aparecerían otras cualidades excelentes que poseyó Adolfo Salazar: su humor, su gracia, su gusto, su vivacidad y vitalidad, que nunca le abandonaron. No conocí a nadie que, como el, mantuviese indemnes dichas cualidades a pesar de las circunstancias. Su conversación era siempre una delicia, y más de una vez, oyéndole contar cosas que vio o le acaecieron, le pedí que escribiera sus memorias, las cuales, de haberlas escrito, hubiesen sido libro sin igual entre nosotros por el poder que en él había de evocar lugares y gentes (y de ambos tuvo conocimiento largo y vívido) de manera original y sugerente.

Si no las escribió tal vez fuera por la exigencia cotidiana de su labor para ganarse la vida, que le ocupaba sin tregua. Siempre, al visitarle aquí en México, en su pequeño apartamento de la calle Niza esquina con Londres, frente a la embajada de Estados Unidos, le hallamos inclinado sobre la máquina de escribir, anegado entre libros y papeles, aunque unos y otros (como todo lo suyo) en orden perfecto. Sus años últimos estuvieron dedicados a trabajar en una historia de la música, cuatro volúmenes, de los cuales sólo llegó a terminar y publicar el primero, dejando el segundo casi acabado, además de un andamiaje de notas y papeletas.

Como Lorca (pocos como él hubieran podido trazar una figura real de Federico García Lorca, de quien fue amigo antiguo e íntimo), Salazar se sintió siempre atraído por la juventud, y nunca perdió la suya de espíritu, que subsistió siempre en él, a través de los años, como un hálito. Por eso, al encaminarme al lugar donde descansaba su cuerpo y donde habrían de reunirse con él por última vez sus amigos y conocidos, al cruzar en la calle una de esas criaturas cuya juventud radiante y recién abierta les confiere encanto igual al de una flor, me sentí tentado de acercarme y pedirle que viniese con migo a decir adiós a Adolfo Salazar con el tributo de su hermosura juvenil, apenas diferente al florido que en tales circunstancias se acostumbra.


IMAGEN: Victor Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, María del Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y Mª del Carmen Antón, corriendo a la playa de la Malvarrosa en el verano de 1937.
"La música y el conocimiento sólo llegan si se tocan"